-¡Me ha engañado! ¡Es un sinvergüenza! –vociferaba en la vieja taberna cerca del palacio, Juan Rodríguez Bermejo.

Lorca padecía. La ciudad estaba envuelta en el crepúsculo del atardecer. El polvo rojizo caía lentamente, se hacía más visible alrededor de las farolas encendidas, extendiéndose en fina capa sobre los coches, aceras, tejados…
Un fibroso hombre también estaba polvoriento. Sentado en el tractor, encorvado, casi tocando el volante con la cara, permanecía inmóvil. Se podría decir que ni el desprendimiento de algún escombro que le cayese encima le sacaría de su quietud.
Su tractor estaba también cubierto por el polvo cobrizo, con el motor ronroneando. Era el único ruido que se oía en la desolada plaza. El hombre estaba sumido en profundas reflexiones. La vibración del motor lo tenía adormecido, era mejor así.
Tras un rato de permanecer inmóvil con la cara pegada al volante, el tractorista se levantó y miró al lugar donde antes había una casa. Su casa. Su casa ya no existía. Trataba de ver a la distancia, pero el fino polvo encarnado no se lo permitía. Quería buscar algún atisbo de vida. No había señales que hubiese vida hasta donde su vista alcanzaba. No podía comprender qué había sucedido. ¿Dónde estaba la gente?
Las sombras iban cubriendo la pequeña plaza. El ronroneo del motor continuaba. El tractorista no encontraba explicación alguna. La luz de la farola de la esquina donde un día estuvo su casa se iba haciendo más intensa, el polvo la abrazaba.
-¡Quítese de ahí! – dijo una voz invisible.
El tractorista intentó localizar de dónde provenía la voz. No se movió, tan sólo dio un acelerón al motor.
-¡Lárguese de ahí! –dijo otro. Esta vez el tractorista localizó al gritón. Era un militar.
-¿Dónde está mi casa? – preguntó con un susurro.
-¿No te has enterado que hubo un terremoto?
Llegaron más militares, se asombraron de verlo con el motor del tractor en marcha. No entendían cómo había llegado hasta ahí, y tampoco porqué no se había alejado del lugar. Era el único que estaba por las inmediaciones.
-¡Vaya un palurdo! –dijo un militar-. ¡Mueve el tractor!
Siguieron oyéndose improperios y juramentos de los militares. El tractorista parecía aturdido, desorientado y miraba hacia alrededor como si acabara de despertar de una pesadilla.
-¡Atontado! ¡Quita el tractor de una vez! –dijo con tono amenazante un militar-. Esto es una evacuación, vete al campamento ¡espabila!
Un soldado hizo amago de subir al tractor, y de pronto, el motor rugió y el tractor dio un brinco, como un potro salvaje. Los militares se echaron hacia atrás, asustados.
-¡Imbécil! ¿Estás loco? –dijo uno que parecía ser el jefe del grupo.
-¡No estoy loco! ¡De aquí no me mueve nadie! –dijo el tractorista en tono amenazante, dando acelerones.
Afortunadamente, en ese instante llegó un funcionario del Ayuntamiento que conocía al indómito tractorista. Se acercó, y al verle, éste cambió el rictus de enfado que había en su rostro. “De aquí solo me sacan con los pies por delante”, dijo contundentemente al funcionario.
El funcionario lo entendió perfectamente. Se dirigió a los militares, y volviéndose al que hacía de Jefe, le explicó el caso del iracundo tractorista. Los militares depusieron su actitud rígida y severa, dejando sólo al hombre del tractor.
Resulta que el rudo labrador del tractor, acababa de sufrir dos pérdidas irreparables: su hija y su mujer. Fallecieron en trágico accidente. No tenía más familia en su dura y humilde vida que las dos mujeres, a las que adoraba hasta la sublimación.
Sólo quería encontrar dos fotos: la de su boda, y la de la Primera Comunión de su hijita. Y juró que no se movería hasta encontrar los únicos recuerdos que le habían quedado. Por eso trajo el tractor; estaba dispuesto a remover hasta el último escombro de lo que había quedado de su humilde morada.

Está finalizando la primavera. El sol africano lanza sus rayos anunciando que el verano está a la vuelta de la esquina; los vientos del estrecho apaciguan los primeros calores. ¡Bienvenido, verano!
Esta transformación de primavera a verano tiene una belleza extraña, llena de colores y olores; pero el coronel Martínez, aunque buen militar y amante de maniobras al aire libre, en esta ocasión pasa de su atractiva perspectiva. Tiene sus pensamientos en el limbo, sabe que al día siguiente tiene que mudarse a la península.
El escritorio, las estanterías, el suelo, todo está cubierto de paquetes, de cuadros, de trofeos, y de todos los recuerdos. Se han quitado los banderines de los regimientos en los que ha estado destinado. Al día siguiente, ¡con todo el dolor de su corazón!, sus nueve hijos y su mujer se trasladarán a su nuevo puesto en la península.
La mujer del coronel no está en casa. Ha salido con el asistente en busca de sourvenirs para los parientes de la ciudad.
Su hija Maruchi, de veinte años, aprovechando la ausencia materna, ha llamado al teniente Carrasco. Mañana se separan y quiere encerrarse unos minutos en el cuarto de baño del Pabellón de Oficiales, situado a escasos metros del domicilio del coronel. A los pocos minutos llega. La joven habla y jadea casi al mismo tiempo; pero se cimbrea más que profiere palabra inteligible. Mira con admiración la bien cuidada barba del oficial, aspira el intenso olor a Old Spice y acaricia su hidratado cutis. Ninguna de las mujeres que Maruchi conoce tiene la cara tan bien mimada. Si hubiese un concurso de cutis, sin duda que el joven teniente ganaría.
“¿Y Pedrito?”, pregunta el teniente. “¡Qué Pedrito! ¡Acaríciame y muévete!", responde la hija del coronel.
El coronel Martínez sigue ensimismado, bosteza. De pronto da un golpe en la mesa a modo de haber tomado una decisión irrefutable. “Pedrito se viene a la península”, dijo por lo bajini.
Pero, ¿Quién es Pedrito?
Pedrito es el asistente del coronel. Es el que lleva los niños al colegio, los recoge, lo baña. Hace la compra con la señora del coronel, ayuda en la cocina, pone la lavadora… ¡Pedrito es un sol! Pero hay un detalle: Pedrito es maricón.
El coronel manda llamar a Pedrito.
-¿Quieres venirte con nosotros a Madrid? –pregunta el coronel.
-Por supuesto que sí, mi coronel.
-Te daré un pase especial.
El coronel, después de despedir a Pedrito, se queda analizando la decisión tomada. “Este maricón es el que lleva la casa”. Y tiene razón: gobierna a los nueve hijos e inclusive a la mujer. Precisamente hoy está con la mujer mirando trapitos en los bazares más emblemáticos de Melilla.
-Mañana nos vamos- dice Maruchi, sudorosa y satisfecha.
-Ya lo sé –responde el teniente.
-¿Me echarás de menos?
-Claro que sí –dice dándole una palmada en la prieta nalga, y añade: -¡Menos mal que Pedrito me cocinará! Tiene buena mano para la cocina.
-Pedrito viene con nosotros –dice Maruchi.
-¿Cómo? -pregunta sorprendido -¿Pedrito se va con vosotros?
-Sí; papá así lo ha dispuesto.
La cara del teniente se traspuso. Se vistió de prisa.
-¿Adónde vas?
-A ver a tu padre.
-Mi coronel, solicito ir a Madrid con usted –dice el teniente Carrasco en posición de firmes.
El coronel lo mira, luego dirige su vista por los ventanales hacia el estrecho, fijando la mirada en el Peñón de Gibraltar.
-¿Ves la roca?... Cuando los ingleses nos la devuelvan vendrás conmigo.
-No entiendo, mi coronel –responde algo turbado el depilado oficial.
-¡En mi casa con un maricón basta!

Cristiano, aplicando el Principio de Acción y Reacción deNewton, pretende modelar la dinámica de un cuerpo: el balón.
Y realmente lo consigue.
Para ello simplemente aplica los conceptos de: fuerza, interacción, masa, peso y la unidad de fuerza, denominada Newton, que es la fuerza que hay que aplicar a 1 kg. de masa para que adquiera una aceleración de 1m/s2.
Pero, ¿Cuál es su secreto?
Antes de chutar, coge el balón, lo mira con atención buscando donde se encuentra la válvula. Coloca el balón con la válvula enfrente de su pie. De esta manera, al golpear violentamente en la misma válvula, se cumple el Principio de Newton: “Si un cuerpo actúa sobre otro con una fuerza (acción), éste reacciona contra aquél con otra fuerza de igual valor y dirección, pero en sentido contrario (reacción)”
Pero, ¿por qué chuta sobre la misma válvula? Porque es la zona del balón más maciza, ofreciendo mayor resistencia, de manera que la reacción en sentido contrario será considerable, consiguiendo que el balón adquiera una velocidad endiablada, haciendo extraños al final, debido a que una pelota no es un cuerpo aerodinámico.
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FICHA:
ATERRIZAJE A TRAICIÓN
de Antonio J. Capel Riera
Edita: Azarbe, S.L.
Murcia, 2010
Género: narrativa
Encuadernación: Rústica
ISBN: 978-84-96946-83-5
133 páginas.
Página del autor.
Portada: Cindie Capel Durán
COMENTARIO de Francisco Javier Illán Vivas.
Antonio J. Capel Riera sorprende en esta novela a los que hemos leído, hasta la fecha, lo que ha publicado, pues si esperábamos una comedia, nos encontraremos con un drama donde el autor pone de manifiesto su conocimiento de la aviación, los términos que en ella se utilizan y otros detalles que dan realidad a esta historia de una mujer Mary Smith, entre dos hombres, Peter Sánchez Y Robert Taylor.
Así de sencillo podría pensarse que la trama es facil de adivinar, pero no cuando se está a miles de pies de altura, en un Jumbo 747, y Peter Sánchez es el piloto y Robert Taylor el copiloto.
Además, el autor añade un elemento distorsionador, el teniente William Meyer, pasajero del vuelo, de regreso a Estados Unidos desde su destino en Bagdad, un hombre atormentado que será protagonista, héroe a la fuerza, tras la tormenta de sentimientos que se desboca en la cabina del Jumbo.
El FBI, militares en Estados Unidos y en Bagdad, un afamado psicólogo neoyorquino y un mecenas que ama más la vida que el dinero, serán los elementos que rodean la trama hacia un final inesperado que responde al título elegido por Capel Riera: aterrizaje a traición.
Publicado por Francisco Javier Illán Vivas
-¡Pardiez, Don Iñigo! ¡No lo hagáis en mi presencia! –exclamó el hidalgo Don Diego de Murcia, mirando a un lado.
-¡Son órdenes, Vuestra merced! –respondió malhumorado el corpulento soldado español, levantando el mango de hierro candente por el extremo.
-Por lo menos hacedlo en la paletilla y no en la frente –sugirió Don Diego, mirando de reojo.
El orondo soldado se volvió hacia Don Diego molesto por haber sido interrumpido nuevamente la acción de marcar. Y con una media sonrisa irónica le dijo:
-No sé a qué coño habéis venido a las Indias. Esta tierra es para hombres bragados –dijo Don Iñigo.
Don Diego de Murcia se abochornó por la respuesta comprometida acerca de su masculinidad. Y para justificar su descontento inventó una excusa.
-¿No veis que si lo marcáis en la frente no podremos venderlo? –y añadió-. Debemos hacerlo como los hermanos Yáñez: marcan poco y superficial y donde apenas se note.
Don Iñigo, inmediatamente respondió:
-Eso yo también lo hago, pero con las indias.
-¿Y porqué con las mujeres?
Don Iñigo, sonrió, enseñando sus amarillentos dientes.
-Porque al destacamento no le gusta las mujeres marcadas.
Tenía razón. Eran muchos los españoles que buscaban indias para amancebarse y las querían sin marcas, incólumes.
Pero lo que más indignaba a Don Diego de Murcia era la famosa carta de Valdivia al Rey, en la que le manifestaba que se proponía adelantar la conquista de Chile “para dar de comer a estos soldados y descargar la conciencia de S.M.”. Repartir indios entre los conquistadores y marcarlos con hierros candentes, era para que sus amos pudieran reconocerlos en toda ocasión, llamándose esta acción por largo tiempo: “descargar la conciencia de S.M.”
Don Diego, absorto con la frase de “descargar la conciencia de S.M.”, fue interrumpido por Don Iñigo, quien ya había terminado de achicharrarle la paletilla al indio con la letra “F”, de Fernando el Católico. Ordenó que la herida sea lavada con vinagre y luego echaran aceite y pimienta para evitar que le sobreviniera una infección.
El desasosiego que tenía Don Diego de Murcia, era que llegara a oídos de Alonso de Ercilla todas estas atrocidades. Ercilla estaba hospedado en el Palacio del Virrey del Perú, Andrés Hurtado de Mendoza, a la espera de enrolarse en la expedición rumbo a Chile para dar castigo a los araucanos. Pero en realidad lo que buscaba el hidalgo Ercilla, era ser testigo ocular para escribir los desmanes que hacían los españoles con los indios. Su verdadera vocación era la de narrador, quería ser Cronista. Él sabía de antemano lo que iban a hacer con el cacique Caupolicán. Y no se equivocó. En plena campaña empezó a escribir su poema épico ‘La Araucana’, con el fin de hacérselo conocer a Felipe II.
Don Diego de Murcia, conocía muy bien a Alonso de Ercilla, puesto que ambos fueron pajes al servicio del príncipe Felipe en su viaje por otros estados del Imperio. Desde Valladolid recorrieron Barcelona, Génova, Milán, Trento, Bruselas…y estaba convencido de que su verdadera afición era la de cronista: se había propuesto ser el testigo presencial de las apasionadas confrontaciones y además paladín de la “guerra justa”. Don Diego no quería entrar a la Historia de la mano de Don Alonso de Ercilla, lo conocía demasiado. Y no quería que lo pusiera como hoja de perejil.
El soldado Iñigo, nuevamente se dirigió a Don Diego. Quería aclarar su situación, eran socios. Estaba percibiendo cierta debilidad de carácter en un lugar inhóspito. Iñigo ponía la rudeza y Don Diego el dinero. El primero, era analfabeto, y el segundo, nacido y criado en buena cuna.
-Vuestra merced –dijo Iñigo, cariacontecido-. Yo he venido a Las Indias a llenar las alforjas, usted sabe que no se leer ni escribir…
-¿A qué viene eso? –preguntó sorprendido Don Diego.
-Pues…aquí triunfa el duro. Es una tierra para duros –murmuró-. A Vuestra merced le ha impresionado marcar al indio.
Don Diego se dio cuenta que así sucedió. Nunca ha podido ver sufrir a un ser humano; y en este caso, el indio estaba siendo marcado al igual que se marca una res.
-Teneís razón, es una tierra para duros –reconoció Don Diego-. Pero yo he venido como cartógrafo de Su Majestad.
-Entonces, ¿para qué le intereso yo a Vuestra merced? –preguntó intrigado el rudo explorador.
-Para que oficiéis de guía. Tengo órdenes del Imperio para investigar algunos hechos que están preocupando al Rey –dijo tajantemente Don Diego mirándole fijamente a los ojos.
El soldado, por primera vez, se dio cuenta de que el hidalgo también era un tipo duro, pero en otra escala.
-Pero, ¿de qué viviremos? –preguntó preocupado-. Mis pocos maravedís están invertidos en víveres y algunas herramientas. Además Las Encomiendas dicen que tenemos que dar de comer a los indios…
-No hay problema –dijo Don Diego con despreocupación-. Volveréis a España rico. De eso me encargo yo.
“Ojalá sea así”, se dijo el orondo Iñigo; pero mantuvo la boca cerrada.
Cogieron las alforjas y se dirigieron a la hacienda atravesando un arroyo que les correspondía por el reparto de Las Encomiendas. A su paso, los indios se inclinaban, tal como les habían enseñado algunos frailes.
El hidalgo Don Diego se percató que no lo hacían con naturalidad, se notaba que lo aprendieron a látigo. Sus rostros transmitían ira contenida. “Estos jesuitas”, pensó. Aunque luego corrigió: “No todos, no todos…”
Cuando llegaron a la hacienda, Don Diego le pidió a Iñigo que le llevara a la hacienda de los hermanos Yáñez.
-Pero, ¿ahora mismo? –preguntó Iñigo-. No creo que estén en la hacienda. Estarán en el campo trabajando.
-Eso es lo que quiero. Sorprenderlos trabajando –respondió Don Diego con un gesto de autoridad.
Iñigo estaba intrigado. Sabía que no era frecuente que un hidalgo, de buena cuna, viniera a Las Indias como expedicionario.
-¿Es vuestra merced, un espía del Rey?
-Algo parecido –contestó riendo.
-¿Trabaja por su cuenta?
-No, trabajo para Su Majestad el Rey.
Don Diego sonrió. Comprendía que el analfabeto y rudo soldado intentaba saber quién era, era lógico. El pobre Iñigo quería saber quién era su socio.
Oyeron voces. Se detuvieron en un recodo flanqueado de árboles. Don Diego irguió la cabeza para agudizar el olfato.
-Parece que están asando carne –dijo el hidalgo, dirigiéndose al lugar de donde procedía el olor.
Iñigo se petrificó.
-Vuestra merced, mejor es que los esperemos en la hacienda –dijo con impaciencia, el veterano soldado.
-No. He venido de España precisamente para verlos en el lugar de los hechos –le dijo, señalándole el camino a seguir-. Sólo será un momento.
Iñigo empezó a sudar copiosamente, y su rostro, siempre imperturbable, empezó a transformarse.
-Dios nos pille confesados –dijo con un hilo de voz.
Nada más salir del recodo, se encontraron en un descampado con varias hogueras encendidas, avivadas constantemente por españoles y algunos indios. Don Diego se quedó boquiabierto. El olor a carne asada provenía de marcar a los indios con hierro candente en la espalda. Y había dos filas de al menos trescientos, entre hombres y mujeres.
Advirtiendo su sorpresa, Iñigo dijo:
-¿Ve vuestra merced porque no quería venir?
Don Diego no dijo nada, pero estaba impresionado; no tanto por los hermanos Yáñez, sino por los frailes quienes eran los que más gritaban y azuzaban. En una choza, un poco más retirada, estaban los hermanos Yáñez con algunos frailes, en compañía de algunas indias desnudas. Parecía que les estaban marcando los pechos, la frente… pero por las risas y las barricas de vino, bien podía ser otra cosa…
El semblante de Don Diego era un poema. No hacía más que repetir aquellas palabras; cuando terminaba de decirlas, nuevamente empezaba. Como si le hubieran dado cuerda… “Tengo en servicios lo de haber herrado con una F en la frente a los indios tomados en guerra, haciéndolos esclavos, vendiéndolos al que mas dio y separando el quinto para vos”, recitaba Don Diego de memoria, en un susurro y casi llorando, mientras recordaba la carta que Ponce de León había escrito al Rey tiempo atrás, aquella que despertó su curiosidad y lo llevó hasta esas tierras.
-Nos vamos; ya he visto más que suficiente…-dijo Don Diego decepcionado.
Antonio Capel entrevistado en Radio Nacional de España
(EF) El escritor Antonio Capel tras el éxito obtenido con su novela 'La rumba que llegó del frío' , nos hace una nueva entrega titulada 'Aterrizaje a traición' cuyo argumento se basa en los problemas emocionales no detectados en muchos pilotos de líneas comerciales, que comprometen gravemente la seguridad del pasaje. La novela, escrita con las habituales dosis de sentido del humor y también de tensión que caracterizan sus anteriores obras, fue presentada ante medio centenar de rendidos lectores de este profesional de la medicina metido a escritor en sus ratos libres.



